Las versiones del toreo

Diego Urdiales, al natural.

EL APUNTE

Por Juan Carlos Gil / Foto: BMF Toros

Como todas las disciplinas artísticas, el toreo tiene sus cánones, su técnica, sus normas de aplicación y, por supuesto, su toque de inspiración. Y cada torero lo interpreta según le dictan los arcanos más profundos de su alma, de ahí la pluralidad de toreros y los gustos de los aficionados y público en general. Ayer en Bilbao, de enhorabuena porque se colgaba el cartel de “no hay billetes” tras tres lustros sin verse, hubo toreo puro, caro, ése que deja recuerdo en la memoria cuando el artista se olvida de las normas y deja que fluya al mínimo vaivén de su muleta la embestida de un animal que en otras manos no habría durado.

El embroque, el ritmo pausado de las series de naturales, la delicadeza a la hora de abrir las muñecas para que salga el animal de los vuelos de la muleta y vuelva a entrar obnubilado por el temple, hacen de Diego Urdiales un torero exquisito, un rara avis, un artista, cuya colocación, ajuste, medida, diapasón y rima posibilitan que la obra de arte brote por inspiración. Una parte de Bilbao disfrutó de esa sinfonía melódica y otra parte consultaba las redes sociales y enviaba WhatsApp a los colegas para informar de que estaban en los toros.

La otra versión es la del poder y mando, la del latigazo ante la desobediencia y el valor ante la adversidad. En ese discurso rocoso, directo y predictivo se desenvuelve Roca Rey a sus anchas. No hay nada que se le resista y si el viento molesta, él endurece más su brazo para que su engaño siga el trazo marcado haciendo honor a su nombre. Y si el animal se raja, le planta cara en sus terrenos. Y si el burel deja de embestir, se arrima como un loco suicida. Con esos mimbres, la emoción de la valentía a carta cabal cala en las masas por la vía rápida. Y en Vistalegre le premiaron con un triunfo ganado incluso con la sorpresa inesperada de entrar a matar sin muleta.

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